
La filosofía es troncal
Acababa de finalizar yo mis estudios de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid (allá por 1986) y ya entonces con aquella reforma educativa de la democracia (de las primeras, la llamada LODE) se cernían oscuros augurios sobre la filosofía en la enseñanza secundaria. Desde aquellos primeros años de mi vida, entregada en gran parte a la filosofía, una y otra vez, con cada nueva reforma surgía en el horizonte político la sombra amenazante de la expulsión (o cuasi-expulsión) de este quehacer esencial para el hombre en esta etapa decisiva de la formación de las personas. En cada ensayo de reforma siempre se ha cernido acechante la amenaza sobre la filosofía, y entonces, quienes estamos persuadidos de que esta asignatura —en cualquiera de sus formatos: ético-político, sistemático o histórico— es fundamental para la formación básica de los ciudadanos, hemos sentido repetidamente la obligación moral de defenderla. Treinta y siete años han pasado desde entonces, y el acecho sigue constante: hoy, con la nueva reforma parece que la Historia de la Filosofía pierde su rango de asignatura troncal y pasa a ser mera asignatura optativa en los bachilleratos. No sirven enmiendas. El hecho revela una constante ideológica de fondo común a la izquierda y a la derecha. ¿Cuál es esta constante ideológica de fondo? Una concepción pragmática y materialista del hombre y de la cultura esencialmente equivocada. En mi opinión, repito, no sirven aquí enmiendas, y tampoco sirve el recurso a la situación en otros países de nuestro entorno. Ya sería hora de que España tuviese personalidad propia, de que nuestra deseable pertenencia a Europa fuese creativa y no meramente adaptativa y seguidista. Ojala tuviésemos el coraje y la valentía de emprender proyectos propios en todos los sentidos, de abandonar nuestros seculares complejos de los últimos siglos y esa banal minoría de edad en la que parecemos habernos instalado; ojala que fuésemos capaces de pensar por nosotros mismos y de abordar seriamente los problemas fundamentales que nos acucian, tratando así de darles una solución propia fundada en razón.
Como todas las épocas humanas, la modernidad ha traído consigo aspectos positivos y negativos. Juan Pablo II afirmaba a menudo que a pesar de su alejamiento de Dios, el hombre moderno muchas veces perseguía —e incluso realizaba—, ideales propios del cristianismo, que el cristianismo engendró y puso en circulación. El proceso ilustrado de secularización dio lugar a una sociedad culturalmente cristiana, pero en muchos casos alejada del cristianismo y con un recelo un tanto patológico contra él. Se dice que ha fenecido la modernidad y que estamos en la postmodernidad. Ello puede admitirse como cierto. Finalmente se han hecho evidentes los puntos más endebles —y, sin embargo decisivos para su concepción del mundo— de la Ilustración, y no sólo por el fracaso fáctico de algunas de sus plasmaciones políticas más señaladas, sino porque el propio pensamiento filosófico —el más verdadero y agudo— ha desvelado las fallas y contrasentidos teóricos de esta posición. Uno de los aspectos (carencias o errores) fundamentales de la ‘mala’ modernidad (que todavía nos acecha) es la perniciosa y fraudulenta concepción de la razón, consistente en su reducción cientificista y pragmática. Podríamos decir que la falla de la Ilustración ha consistido en no ser lo suficientemente ilustrada, como diría Benedicto XVI, en tener una concepción de la razón demasiado estrecha. Esto afecta tanto a Marx, como al empirismo inglés o al positivismo francés o de origen austríaco.
La crisis de la cultura clásica en la civilización occidental se fue produciendo por lo que en el fondo era una entrega ideológica a la enorme poderosidad de la ciencia moderna. El hombre europeo moderno que crea la nueva ciencia era plenamente consciente del enorme potencial del método empírico-matemático galileano para el dominio de la naturaleza. La reducción precisiva de ésta a mera corporeidad extensa e inerte (la res extensa del mecanicismo cartesiano) la ponía a disposición del magnífico aparato numérico (matemática moderna), que estos mismos filósofos-científicos estaban creando (la geometría analítica de Descartes o el cálculo infinitesimal de Newton y Leibniz): la nueva naturaleza sin physis (sin ‘alma’) quedaba por fin sometida al poder del método explicativo-predictivo. Desde entonces el hombre moderno no ha dejado de mirar con recelo a la reina de las ciencias humanas: la filosofía. Porque en el fondo sabe —si es que no está demasiado enajenado— que la filosofía saca a la luz sus presupuestos y sus límites, muestra sus carencias, cuando no la hybris a la que a veces parece haberse entregado.
Husserl, uno de los pensadores más preclaros de la modernidad —él mismo científico, pues no era filósofo de origen— no se cansaba de decir que la crisis de Europa —que era la crisis de las ciencias europeas—, en el fondo era una crisis de la filosofía. Efectivamente, así era y así sigue siendo hoy. Se trata de una filosofía encubierta de cuño positivista y pragmatista, que veladamente sostiene la paradójica tesis de que la filosofía, la razón en su forma más radical (la ciencia estricta o la ciencia primera como la llamaban los clásicos) debe ser sustituida por otras ciencias más “modernas”. Pero, ¿cómo podría demostrarse y hacerse valer esta tesis, este sofisma pseudofilosófico? ¿Acaso se puede demostrar matemáticamente, o físicamente, o psicológicamente, o sociológicamente, o neurocientíficamente, o económicamente, que la reflexión filosófica debe ser finalmente sustituida por alguna de estas ‘nuevas’ ciencias particulares? Evidentemente no. La tesis de que la filosofía es un saber caduco y anticuado que debe ser relevado por la nueva ciencia sólo puede defenderse a su vez filosóficamente.
Este extravío positivista es persistente. Desde que Aguste Comte propusiera sustituir la religión y la filosofía por la sociología, el acecho a estos dos núcleos de nuestra cultura y del hombre occidental se ha sucedido una y otra vez. A finales del XIX y primera mitad del XX fue la psicología la ciencia particular elegida para sustituir a la filosofía. Por aquel entonces el Círculo de Viena volvía a proponer el ideal de “ciencia unificada fisicalistamente” (es decir, según el método de la física), dejando a la filosofía un humilde reducto de reflexión metalingüística y metodológica sobre, precisamente, el proceder de esa misma ciencia fisicalistamente unificada. Aunque la propuesta del Círculo de Viena explosionó desde dentro (ellos mismos fueron descubriendo los contrasentidos que emanaban de su concepción empirista del significado), sin embargo, podemos afirmar que su propuesta se ha impuesto en gran medida. Hoy día las Humanidades (la filosofía, la teología, las filologías, la historia…) han perdido fuerza, no sólo frente a las ciencias de la naturaleza, sino ante las denominadas “ciencias humanas”. De hecho, las ciencias humanas son en gran medida un intento de abordar el conocimiento del hombre con el método explicativo de la física moderna, es decir, con el método explicativo (empírico-matemático). No cabe duda de que las ciencias humanas nos ayudan a conocernos, pues nos permiten darnos cuenta de regularidades empíricas en nuestro comportamiento y en nuestra vida social. Sin embargo, en mi opinión, están sobredimensionadas. Las ciencias humanas no pueden en modo alguno sustituir a las humanidades. El método empírico-matemático que las ciencias humanas han trasladado al estudio del hombre, llevando a cabo “categorizaciones”, que tratan de hacer “observable” (es decir, percibible por los sentidos, esto es “exteriormente”) lo que de suyo es inobservable, es, repito, una ayuda para nuestro conocimiento, pero ello no puede obviar que lo esencial de la vida humana tiene lugar en su interioridad de conciencia: en la lucidez que el ser humano logre respecto de las verdades fundamentales y en la construcción optativa y libre de su biografía. El método de la percepción externa del comportamiento corre siempre el riesgo de obviar lo fundamental y de tratar de reducir a la persona humana al comportamiento previsible y predecible. Y esto vuelve a no estar nada alejado de la propuesta comtiana de los “ingenieros sociales”. Puede ser más cómodo tratar de convencer al hombre de hoy de que su comportamiento es tan previsible como el de los graves que estudiara Galileo, que desarrollar el sentido crítico y personal de una razón encarnada y libre. Pero lo cierto es que la razón es el acontecer de la vida de conciencia en la verdad: en la verdad del mundo, de sí mismo y de aquello Fundamental que se revela en el mundo y en mí mismo. La razón humana no es un comportamiento inconsciente, estereotipado y determinado por instancias ciegas, como han venido suponiendo los repetidos defensores de la falsa conciencia. No es que no haya factores más o menos inconscientes de naturaleza psicológica o social que afectan a nuestras vidas, pero todo lo que seamos capaces de conocer conscientemente (y eso quiere decir en la interioridad de nuestra vida de conciencia intelectiva) será terreno ganado para la razón y para la auténtica emancipación. No se trata de la propuesta ilustrada, ni en el sentido ya aludido de la reducción positivista de la razón, ni tampoco en el sentido de un racionalismo transido de soberbia, incapaz de reconocer la condición donada de nuestro ser y de nuestra razón. Se trata más bien de reconocer el verdadero status de la razón humana, que nos instala auténticamente en la verdad (en la realidad, diría Zubiri), pero de forma finita es decir, con capacidad infinita de progreso. Esta es precisamente la tarea y la función de la filosofía, que en la medida de lo posible no debería hurtarse a ninguna persona.
Me parece que la secular tesis de la falsa conciencia ha encontrado hoy refugio en la forma descrita en ciertos presupuestos epistemológicos de las ciencias humanas y en particular de la economía. He aquí el nuevo sustituto de la filosofía. En el siglo XIX, la sociología, en la primera mitad del XX la psicología; hoy el prototipo de ciencia humana sustituto de la filosofía sería la economía. Serían las reglas ciegas (empíricas) del mecanismo económico las que determinarían nuestras vidas, y no nuestra racionalidad ética, metafísica y teológica. En mi opinión, no es más que otra forma del mismo error. Cuando los obispos españoles alertan de que la crisis actual tiene sus raíces en cuestiones morales más de fondo tienen razón.
Por todo ello me parece más que claro que la filosofía es y debe ser una asignatura troncal. He tenido la fortuna en mi vida de alternar mi trabajo en la Universidad con cierta docencia en Secundaria. Sé en base a esta experiencia que la filosofía es fundamental en la formación de los jóvenes y que sería una insensatez menguarla o privarlos de ella.
Víctor Manuel Tirado San Juan
